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  • Ana Diéguez

Visita espontánea al big bang emocional

Actualizado: 22 de abr de 2020


La encuentro dormida, a oscuras, en su cuarto. Una foto actual junto a su nombre indica que su nueva casa anti hogar se achicó a 20 m2. Mi abuela siempre es bella para mi.

Entro sigilosa y le susurro al oído, hooola, he llegado a través de tu sueeeeño. Un guiño para sacarle hierro a la triste acción de volverse a encamar tras el desayuno, pues pasan de las 11h y el día se eterniza para el que no siente necesidad de vivirlo. La despierto con cariño tumbándome junto a ella, pero corriendo a la vez las sábanas. Si llevara su deseo hasta el final, se haría una crisálida con ellas para involucionar hasta que el tiempo la devolviera al lugar de origen. Debe pesar mucho la vida cuando ya no quieres llevarla a cuestas.

La miro, y admiro su piel desnuda, de blanca nieve, pura, lisa, diría que virgen si no fuera por el parentesco que nos une. Ni un rayo de sol que yo recuerde, pudo haberla teñido o arrugado jamás. Si hubiera su alma escogido otro destino donde el hambre no se viene a sufrir, se diría de princesa, de reina, su piel.

Corro tímidamente la cortina para asegurarle que soy yo. Una sonrisa, un brillo en su mirar, Sorpresa! le digo, camuflaje de disculpa por no adelantarle mi visita. Dudo si a esta edad cualquier espontaneidad es bienvenida, si se está o no agradecido por sacar la mente del pasado de manera tan invasiva. Yo quiero pensar que es agradable, para no sentir la culpa de que todas mis buenas intenciones, rompan el momento más parecido al tan deseado estado, a estos 88 años de edad.

En el salón una cuidadora baila pasodoble con otros ancianos seniles. Mi abuela huye como gata del agua de ese escenario ruidoso y ajeno, nunca necesitó lo social para calmar el vacío. Nos vamos? le pregunto, y es ella quien tira de mi brazo y con un sácame de aquí que ella nunca pronunció, pero yo sí sentí, salimos al parque de enfrente para oler la vida y sentir el cielo más próximo. Nos sentamos lejos de todos los mayores, que sin serlo tanto como mi abuela, esperan sin esperarlo en esos bancos el mismo destino.

No me sale preguntarle cómo estás, pues su parte sobre educada respondería un "bien" que no tengo ganas de escuchar. Me haría ruido que mi abuela se pusiera en esa fea lealtad del "mejor no molestar". A esta altura de la vida mejor no forzar el "todo bien", tantísimamente desgastado por el exceso de complacer durante una vida entregada al otro.

Busco mi teléfono para poner música y compartir los auriculares con ella, paso mi brazo izquierdo por encima de sus hombros como dos amantes. R para ella y L para mí, encajados en el oído. Hago sonar la versión de radio Tarifa de El mandil de Carolina. Tres notas han sido suficientes para hacer brotar de nuestros ojos todo un manantial de recuerdos del que antes partió. Tantas veces cantado y bailado por él. Sin una pizca de pretensión, de querer cambiar lo que está sucediendo, elijo quedarme allí con ella, sosteniendo el dolor. Mil veces más sanador reconocer y conectar con ello que querer pasar a otro estado tapando lo que pide a gritos liberarse. Aun así, elijo un sinfín de cantautores después, que conectan con las ganas de vivir. Un largo rato acompañándonos, cantamos como si no hubiera un mañana, sin vergüenza, sin hacernos cargo de las extrañas miradas que pudieran intimidarnos. Nada nos hace escapar del placer de cantar. Tras escuchar "Mediterráneo" le pregunto si le gustaría que la llevara un día al mar. No sé si me oye o prefiere cantar la estrofa "más alto que el horizonte, quiero tener buena vista". Ni se me ocurre repetirle la pregunta.

Volvemos a la cárcel del tiempo y de nuevo elige la crisálida esperando la hora de comer. La desnudo, me pide correr la cortina del todo, pero dejo a propósito un rayo de luz que le recuerde que sigue en la vida mal que le pese.

A través de nuestros ojos, idénticos por genética, se despiden nuestras almas. Cuanto agradecería correr las manecillas del reloj solo para ella, acelerar el proceso de una recta final desabrida, no tener que prometerle otra visita, pero la vida quiere seguir expresándose a través de ella, quizá para darme a mi momentos de tanta riqueza y belleza como el de esta mañana del 21 de Septiembre, donde el verano y yo le decimos adiós.


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